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CRI CRI CRI. Planes para cigarras y hormigas

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12/2018 / a-desk.org

El texto del “Informe de la Subcomisión para la Elaboración de un Estatuto del Artista” ocupa a doble página 15 hojas A4. Me senté en la mesa a leerlo, destacando las ideas fundamentales con un rotulador amarillo fluorescente.

En su primera parte indican que están realizando una actualización a la realidad:
“adaptado a las necesidades específicas del sector”
“promover fiscalidad que desemboque en una tributación justa”
“derechos de protección social del sector, su estacionalidad y su representatividad sindical”
“falso autónomo”
“medidas contra la precarización de los servicios de orientación y educación”
“fomento de la actividad artística sin ánimo de lucro que se desarrolla en los sectores independientes (…) al tiempo que se vincule al sector con las prácticas propias de la economía colaborativa, social y solidaria”
“Código de Buenas Prácticas”
“visión institucional de la cultura”
“IVA, mecenazgo y micromecenazgo”
“causas principales de la precariedad”
“trabajo precario, tasa de temporalidad alta, salarios bajos…”

La realidad más tangible que tenemos para el sector de las artes visuales son los datos recogidos en la segunda edición de La actividad económica de los/las artistas en España de Marta Pérez Ibáñez e Isidro López-Aparicio, donde se estima hay aproximadamente 25.000 artistas trabajando.

Convoqué a mi realidad más tangible –red de afectos, vivencias e intereses comunes- a través de las redes sociales y lancé la pregunta:
“¿Cuántos os habéis leído el Estatuto?”

CRI CRI CRI (silencio en la noche, sólo se escucha el canto de un grillo)

CRI CRI CRI (¿no será la voz de Grillo golpeando la cabeza de madera?)

(Para leer el estatuto pinchar aquí)

Sólo dos respuestas afirmativas… muchos “yo no había oído ni hablar” y referencias a las asociaciones de artistas de algunas regiones (ojo: en el estudio de Pérez Ibáñez y López-Aparicio resaltan el hecho de que un 40% de artistas nunca ha participado de ningún tipo de asociación).

El hecho asociativo se revela como una paradoja dentro de la comunidad artística visual. Hay que tener en cuenta que en otras actividades incluidas dentro del informe se cuenta con un entramado incluso sindical –cine o teatro por ejemplo- que no ha sido posible de manera significativa en el campo de las artes visuales. Existe una diferencia de concebir el sector como industria versus el modelo individualista, aún existente y fomentado desde algunos sectores del mercado.

El Estatuto se presenta como inédito y con voluntad de cambiar un paradigma. Lo hace, en cierta medida. Define el hecho cultural como un bien colectivo imprescindible para la sociedad. No olvida que para la creación es necesario una labor invisible previa y continúa de los artistas y de toda la red de profesionales con los que colabora. Es por tanto una actividad que se enmarca dentro de la esfera pública. De ahí algunos de los problemas que podemos identificar en el panorama de las artes visuales en España, con escasa organización comunitaria (los intentos sindicales de los años 90´s se disiparon con la crisis) y también sin espíritu solidario más allá de lo estrictamente particular (estoy pensando en un modelo como los Kunstverein alemanes que significan una articulación de intereses comunes, y apoyos también materiales, entre los artistas, programadores, contexto, patrocinadores y políticos).

El otro punto que se presenta como paradigmático en el estudio es reconocer “la cultura como trabajo” y por tanto, en la tentativa de actualización las condiciones de producción actuales. Estacionalidad y precariedad serían los dos factores destacados de la actividad artística, y las medidas recomendadas en materia fiscal y de protección social están en su mayoría encaminadas a amortiguarlas.

Me surge, entonces, otra duda. En el texto se reconoce el factor vocacional de cualquier práctica artística, su inmaterialidad y, como remarcaba antes, el valor social de su formalización. Se explicita la voluntad del artista, o del trabajador de la cultura, como irremediable. Es decir, se va a hacer independientemente de las condiciones materiales, porque posee una connotaciones de compromiso vital. En un momento en que los análisis del capitalismo cognitivo señalan la extensión de la actividad laboral como un continuo –se trabaja siempre- esta precariedad y la estacionalidad se convertirían / se convierten en una constante… y las propuestas específicas de regulación parecieran sólo apaliar desfases contributivos en relación a otras actividades. Atañen sólo al marco de la “vida economizada”. Y debería ir más allá. Citando al colectivo alemán kpD “En los últimos doscientos años, quienes se han visto afectados una y otra vez por la precarización son aquellos y aquellas a quienes se ha posicionado como “otros” con respecto a la norma hegemónica masculina, blanca y nacional. La precarización no es sólo un asunto económico. Es por ello que tomamos la cuestión de la precarización como un punto de apoyo desde el que pensar la constitución fundamental de nuestras sociedades occidentales. Nuestro punto de partida es la precarización como un modo de construir sociedad, un punto desde el que buscamos comprender las condiciones de subjetivación que la precariedad lleva asociadas (…)”[1].

La precariedad se quiere atenuar, pero se entiende como un factor intrínseco del modo de vida del artista. Parece que no consiguiéramos salir del modelo de la bohemia, del genio excepcional, pero también del loco, del niño, del que en medida está fuera del sistema de ciudadanía. Para ajustarse a este el artista, también, se convierte en “productor de si mismo”, ya sea en su concepción positivista de Menger[2]en Francia, o desde la visión crítica que aporta Groys[3]. Si a ello le sumamos lo que quiero llamar el “mal de la hidalguía” (recojo de uno de los personajes de El Lazarillo de Tormesel sentimiento de venir de un estrato superior donde hablar de dinero está mal visto, aunque se viva en condiciones de pobreza) que nos hace, en gran medida, entendernos en el sector de las artes visuales desde un distancia diferenciadora del resto de la sociedad. Y desde estos lugares comunes del romanticismo no se puede hablar, porque hasta nuestro grado de compromiso se ve afectado. Nos quejamos, debatimos nuestras condiciones de producción pero nos mantenemos fuera de los mecanismos democráticos que existen para proponer cambios, y tampoco hacemos la revolución en la calle.

Quizá no sea este el lugar sino otro tipo de acciones políticas que reformulen el concepto de trabajo, de relaciones laborales, el sentido de cultura y el hecho artístico como lugar de generación de pensamiento crítico. La creación artística debiera estar ligada a un concepto de percepción cuestionadora del entorno, desde fuera de la norma, y la norma puede ser simplemente el punto de vista generalizado o el sentido construido de perspectiva. El gran paradigma entonces sería ¿Cómo regular lo que se hace desde el signo de la irregularidad?

[1]kdP, “La precarización de los productores y productoras culturales y la ausente “vida buena”, Transversal, 06/2005. http://eipcp.net/transversal/0406/kpd/es(último acceso 29/11/18).

[2]Menger, Pierre-Michel, “L’art analysé comme un travail”, Idées économiques et sociales, 2009/4 N° 158, p. 23-29.

[3]Groys, Boris, Volverse público. Las transformaciones del arte en el ágora contemporánea, Caja Negra Editora, Buenos Aires, 2014.

Imagen portada: Isidoro Valcárcel Medina, La Ley del Arte: Ley Reguladora del Ejercicio, Disfrute y Comercialización del Arte. Fue presentada por el artista como iniciativa popular ante el Congreso de los Diputados. El texto comienza: “Razones del Proyecto. El ordenamiento legal español carece de un tratamiento adecuado -y en términos generales, ni siquiera mínimo- de lo que es un elemento básico del desarrollo y desenvolvimiento individual y colectivo: el arte.” El 20 de octubre de 1992, la Mesa de la Cámara cursó su inadmisión. En 2010, la Sala Parpalló de la Diputació de Valencia, realizó una publicación editada por Belén Gopegui bajo el título “El arte en cuestión / La Ley del Arte”, junto con textos de Rogelio López Cuenca y Daniel G. Andujar.