Marlon de Azambuja

Textos / Texts
06/2015

“There is somebody between the two towers”[1]

La actitud del funambulista francés Philippe Petit, que en 1974 atravesó el cable tendido entre las azoteas de las dos torres gemelas de Nueva York, me recuerda las características del hacer de Marlon de Azambuja: hay una aparente sencillez y facilidad, con un toque de buen humor, para atravesar la línea de tensión creada entre la arquitectura y el espacio que esta crea, y así hacer mirar su relación desde un nuevo punto de vista.

Esa tensión existente en todos sus proyectos y se resumen en el uso de la línea. La negra del dibujo que oculta edificios, la de cinta plástica de color que une mobiliario urbano, o la del perfil de los ladrillos o vidrios que usa en sus instalaciones. Todas ellas son el punto de partida para la reflexión que el artista sobre la disolución de los límites creados en los espacios de convivencia a través de la arquitectura tradicional de raigambre modernista y racionalista, y por tanto de la ampliación de la conciencia política.

De esta manera, Azambuja parece ser el heredero orgánico de la máxima asimilación de lo posmoderno. En él se pueden rastrear a los situacionistas, a Barthes, Foucault y Derrida. Alusiones al lenguaje, a las estructuras de poder y a la arquitectura como pensamiento más allá de metáfora del mismo. Sin atarse a las convenciones de la disciplina pero usando sus mecanismos, desarrolla su propio lugar. Palabras, engranajes y espacios se entrelazan de manera fluida para, como un niño con un juego de Lego, construir y des-construir, para hacer pintadas y robar frases, que translucen esa incesante condición de búsqueda. No es, por tanto, hablar de aparente facilidad, sino de actitud constante, de la acción de dislocación del punto de vista en la palabra, en el espacio y en el tiempo, que se convierte en hábito.

“La cuestión de la arquitectura es de hecho el problema del lugar, de tener lugar en el espacio.”[2]

A estas alturas de la trayectoria de Marlon, parece fácil hablar de esta relación del artista con el hecho arquitectónico, con su imagen de poder, su subversión y descomposición. Si, el proyecto moderno fracasó. Si, la racionalidad sumada a la lógica neocapitalista no da cuentan para la formación de una sociedad igualitaria. En su obra ya no hay superhombres y los templos se anulan, hasta el espacio se está convirtiendo en un lugar informe y húmedo[3].

¿Cuál sería entonces el lugar que Azambuja tiene? ¿cuál es el problemático lugar del artista? Y es quizá ese creado en la tensión, el que permite mirar desde otro lugar, el que cuestiona sistemas y ecosistemas. ¿Cuando parece que estamos llegando a un agotamiento del conocimiento disciplinar y comienza el hastío del aluvión de información e imágenes, como se consigue “tener lugar”? Quizá podríamos pensar que ese lugar no es un lugar como lo hemos concebido, y quizá sea ese “lugar entre” que si parece que le es permitido al artista, donde se pueden reinventar conceptos, darles la vuelta, fragilizarlos, atarlos en nuevas combinaciones y rastrear otras formas de generación de conocimiento que supere las categorías hasta ahora tradicionales.

Derrida hablaba también de “lugares en los que el deseo pueda reconocerse a sí mismo, en los cuales pueda habitar”[4], y así Paul B. Preciado recuerda que el filosofo francés le repetía: “donde hay que mirar es a la arquitectura”[5] como espacio para poder componer una nueva dialéctica y política. Este “lugar entre” de Azambuja se dibuja una arquitectura en la que está presente siempre esa búsqueda de una sociedad lejos de esferas de poder, que últimamente se vuelve más orgánica y donde lo moderno deja de ser norma para dar voz a la calle, sus deseos presentados como proclamación visual. En ese espacio donde el único dios que podemos ver es a Petit, sonriendo sobre el cable a 400 metros de altura sobre el perfil de Nueva York.

[1] “Hay alguien entre las dos torres”. Transmisión policial recogida en el documental Man on wire, 2008

[2] Jaques Derrida, El pensamiento arquitectónico, entrevista de Eva Meyer para Domus 671, abril de 1986.

[3] Serie “Pensamientos húmedos”, 2015.

[4] Op. Cit. 2

[5] Paul B. Preciado & Andrés Jaque. Revista Arquitectura, 371, diciembre de 2014.